El viajero

Gonzalo Sánchez. Entrevista desde España. Patagonia, medio ambiente, mapuches.

7/18/2023

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Te veo como una voz asociada al medio ambiente y a la Patagonia. Como un nombre propio en un tema donde, tal vez, no haya muchos nombres propios.
—Para mí lo de la Patagonia es algo muy legítimo, si se quiere. Es algo que yo hice desde un lugar muy genuino, siendo muy joven, y lo hice completamente comprometido. Todo mi vínculo con el sur viene de la pasión que tengo por la naturaleza, por viajar y por estar en la montaña. Ahí también hay una cosa egoísta, porque iba a esos lugares en los que amaba estar. Después, cuando aparecieron las historias, dije «Bueno, si yo soy periodista y me gusta el periodismo, ¿qué mejor que hacerlo donde me gusta estar?». Entonces, me fui a la Patagonia a buscar historias. Ahora me gusta ir mucho a Europa, por ejemplo, porque tengo a mi novia, algunos proyectos y porque me gusta. Estoy en una etapa de mi vida en que me gusta mucho ir a España. Intento conseguir la forma de viajar trabajando, porque no tengo la plata para ir, y porque me gusta trabajar. Con la Patagonia me pasaba igual. Yo necesitaba ir a la Patagonia por una situación de deseo, de pasión y de amor; y fui a hacer periodismo. Pero empecé a encontrar grandes historias: los magnates del sur y toda la cuestión originaria, que fue como un mundo que se abrió. Entré primero en la historia actual de la Patagonia y después en los temas ambientales, que están muy cerca. Entones, sin querer, una cosa me fue llevando a la otra.
Después de explorar la tierra por tantos años, de entrar en las diferentes situaciones críticas vinculadas a la posesión de la tierra, de los magnates, los pueblos originarios y sus penurias, ahora estoy mirando al mar y estoy muy metido en temas de medio ambiente marítimo. Me estoy decantando en esa dirección. Lo ambiental está siempre presente y de repente todo lo que me interesa es lo que pasa con la naturaleza y el medio ambiente; que también es lo que pasa con nuestra vida y con el desarrollo económico. Porque lo que degrada el medio ambiente, es básicamente la actividad industrial, la falta de control y esas cosas. Entonces todo se toca y termina topándose con la política.
Y es más trascendental que una discusión chiquita, que ahora parece un mundo, de una elección.
—A mí, cada vez más, me parece insignificante todo lo que se discute. La politiquería y todo eso me parece cada vez más tonto. Y, a la vez, me parece cada vez más grave lo que hay detrás de las cosas que empiezo a investigar. Por ejemplo, en los últimos días me metí con el tema de la pesca de arrastre en el mar argentino. Y ahí hay un mundo de mafias, de claroscuros de la política, de políticos metidos en negociados que no están claros y de súper empresarios vinculados a temas de daño ambiental. Y, obviamente, cuando empecé a avanzar, comencé a recibir llamados de gente de la industria que quiere contarme que no son tan malos y empiezan a pasar cosas. Yo me metí ahí por porque amo ver el mar, como amo ver las montañas —esa es la parte egoísta que siempre menciono de mi trabajo—, y, de repente, decanta la política. Me termina llamando el gobernador de Chubut o el candidato a gobernador, todo decanta hacia ahí, pero yo no quería hacer política, yo quería hacer periodismo ambiental.
La política toca todo.
—La política toca todo o al revés. La situación crítica del medio ambiente y la naturaleza empieza a tocar lo político. De los dos modos tiene sentido.
Hace unos meses me crucé con tu libro «Patagonia perdida» y en las primeras páginas me sorprendió algo que definís como: un choque filosófico entre el hombre blanco con el sentido de la propiedad y una cultura que no lo tiene.
—Sí, ese es el gran punto. Mirá como todo toca el ecológico: hoy cuando vas a sacar litio de las Salinas del norte de la Argentina, de Bolivia o de Chile, te encontrás con pueblos originarios que no creen en la propiedad privada, pero están asentados sobre lugares donde viene una industria a decir que tiene los papeles jurídicos que los acreditan como dueños de esas áreas o del subsuelo y que va a hacer extracción. Surge un choque que no tiene ninguna solución, a menos que haya acuerdos de partes y que los parlamentos indígenas puedan decidir lo que ellos crean. Es muy difícil. En la Patagonia hay una especie de pico dramático con la historia de las comunidades mapuches, sus tierras ancestrales y la llegada de los latifundistas o los megamagnates que han comprado grandes cantidades de tierra. Cuando iba por el sur yo veía que lo de Benetton y la familia mapuche de Atilio y Rosa era muy difícil de resolver. Sólo se podía resolver si una de las dos partes cedía y le reconocía la razón a la otra. Pero, si no, no había ninguna chance porque eran mundos completamente antagónicos. Recuerdo a José Maldavsky —que fue una de las personas más importantes de mi vida—, con quien hicimos juntos una película viajando por el sur y yo hice ese libro; era como un viejo comunista que no creía en la idea de la propiedad privada prácticamente. Él me miraba y me decía: «No, Sanchoski. Esto no tiene solución. Hicimos todo lo que había que hacer. Hablamos con unos y otros, pero nunca se van a poner de acuerdo». Después se apaciguó porque hay que vivir. Finalmente, todos son seres humanos que tienen que vivir. Uno tiene que producir, el otro tiene que tener sus gallinas y sus ovejas… hay que vivir. No se puede vivir eternamente en piquete o en conflicto. Entonces, se soluciona por la inercia propia de la vida, pero no se soluciona del todo. Ahí sigue una bandera de protesta colgando que dice que son territorios mapuches recuperados y Benetton, que no se retira, todo el tiempo está en la justicia. Eso mismo, con mayor o menor tensión, ocurre en cualquier lado del mundo: en Noruega ocurrió en los años 70 con tribus del norte, en Estados Unidos con los casinos que tienen los indígenas y ocurre en Vaca Muerta. Es un conflicto que se replica, que yo no fui a buscar, pero en el que sin querer terminé involucrado.

Hace un tiempo que irrumpieron mapuches, digamos ilegítimos, en la agenda pública. Un día te escuché decir algo así como: «yo no sé si son mapuches o maputruchos». ¿Coexisten comunidades legítimas junto con una ola de avivados que se han sumado a los reclamos de esta gente?

—Sí, hay de todo. Me habrás escuchado decir: «Yo no sé si son mapuches o maputruchos; para el caso, me da lo mismo porque ahí hay una cuestión que es más compleja y no me importa si el tipo que reclama no lo es». Tampoco tengo cómo demostrar que el que reclama es o no es mapuche. ¿Cómo hago, tengo que pedir una muestra de sangre? Entonces, yo a veces les digo a mis colegas que esa es una discusión de chicaneo y que no tiene sentido definir que son. Es cierto que, como en toda situación que se politiza y se vuelve compleja, hay gente que pareciera no responder a ciertas cosas específicas de lo comunitario indígena. Se mezcla todo, hay delincuencia que se mezcla con el reclamo… es complicado. Pero, aunque no tengo como probar que el que reclama es un mapuche, lo que sí tengo como probar o puedo exponer, es cuál es el reclamo que tiene uno, cuál es el reclamo que tiene otro y tratar de hacer un quién es quién. Trato de buscar elementos. A veces eso perjudica a los mapuches, o a los que se proclaman mapuches, y a veces los beneficia. Eso me genera tenciones y, así como soy recibido, también a veces me reclaman por escribir algo que los perjudica. Hace 2 años, en la toma de Cuesta del Ternero, cuando llegué estaban todos encapuchados y tenían una nota mía donde yo decía cosas de la familia del clan de Jones Huala; y les dije: «Qué querés que haga, que no lo ponga? Yo te llamo para que te defiendas, mi trabajo es ese». Del mismo modo, al político de Chubut no le gusta que hable de la pesca de arrastre y sí le gusta que hable de otro tema. Yo no soy su amigo, no defiendo la causa mapuche ni la de los Benetton, soy simplemente alguien que cuenta el tema y muestra los elementos. Por supuesto que no soy inocente y sé que a veces perjudico a alguien. Trato de no hacerlo cuando veo que la información puede hacer daño y beneficiar a alguien que no sé si está bien y tiene más poder. Es un equilibrio, un juego permanente e interno. Ahora, por ejemplo, estoy tratando de hacer una nota sobre los días de Jones Huala en la cárcel —que está mejor y está cambiando— y me hablo con el abogado que hace muchos años me ha puteado por contar quién era Jones Huala cuando lo descubrí. Así como descubrí a Jones Huala, hice una nota y eso lo perjudicó un poco; también descubrí a Joe Lewis en la Argentina, hace veinte años, y eso lo perjudicó. Y en su mansión de lago Escondido me he puteado con Lewis y su gente, les he dicho que lamentaba que ahora sean conocidos, y que entendieran que mi deber era contar esa historia.

Ya que nombrás a Jones Huala, que en algún momento estuvo relacionado con hechos de violencia, ¿te parece que esta disputa pueda escalar a un conflicto del tipo País Vasco con ETA?

—No creo que en la Argentina estén dadas las condiciones para que pase algo así. ETA era una organización política financiada y era otra época del mundo. Otra cosa es Chile. El año pasado estuve en Chile, en una gran comunidad que se llama Temucuicui en la región de la Araucanía; y es un lugar donde el estado no entra y hay grupos más radicalizados, ataques y más beligerancia. En la Argentina hubo una situación incipiente con RAM, que era un grupito en el que parece que estaban los Huala, que hicieron mucho despelote, prendieron fuego casas, pero se fueron desactivando y no tuvieron nunca el carácter o el rango de algo militarizado o de guerrilla. Era más una cosa anárquica que se fue haciendo como espuma.

Te agradezco este rato que me diste, Gonzalo. Si algún día si estás por estas tierras…

—Tomamos un café.

O un vino.

—Mejor todavía.

Terminamos la conversación y, con ella, el viaje por las historias ocultas tierra adentro en la Patagonia. El viajero vuelve a la ciudad de la furia, Buenos Aires, imaginando su próxima historia que espera ser descubierta en la vieja Europa o en las profundidades del mar.

Artículo publicado en Periódico Nuevo Ático el 18 de julio de 2023. Disponible aquí. Ilustraciones: Radio Mitre.

La Argentina esta caliente, aunque no por el cambio climático, o, al menos, no sólo por éste. La Argentina y los argentinos llevamos mucho tiempo cocinándonos al fuego de nuestros errores y de nuestras malas elecciones. El guiso condimentado de inflación, inseguridad, corrupción, incompetencia y decadencia en el que nadamos, burbujea en una olla a presión que siempre parece estar por estallar. Así se siente en la calle, en las redes sociales y en los medios de comunicación.

En medio de este pandemónium también hay voces de sosiego, que no son de resignación, sino de reflexión. Gonzalo Sánchez es un comunicador con gran trayectoria en el periodismo argentino. Su voz serena, como la quietud de los lagos infinitos de la Patagonia que tanto lo apasionan, lidera el espacio nocturno de la radiofonía argentina; y es un soplo de aire fresco conversar con él.

Quería empezar preguntándote: ¿por qué periodista y si alguna vez trabajaste de otra cosa?

—Empiezo por el final. No, no trabajé nunca de otra cosa, por suerte. Y el periodismo me gustaba porque me parecía interesante —voy a decirlo de modo egoísta— saber algo antes que los demás y poder contarlo. Me gusta contarle cosas a mi hijo, a mis familiares y a la gente. Es algo que me movilizó. Entonces, dije: «lo mejor que puedo hacer es enterarme de las cosas antes que los demás y poder contarlas del modo más atractivo posible».

—La adrenalina de tener la noticia, ¿influye?

—Sí, a veces es la adrenalina, a veces es un poco de vanidad —porque uno busca agradar con la forma en que se expresa— y a veces la sensación de que vale la pena y de que es justo contar algo. Me parece que hay que ser solidario y eso implica contar algo para ayudar; porque —aunque suene políticamente correcto— el periodismo también sirve para para mejorar la realidad. Entonces, supongo que en el fondo también busco mejorar la realidad de lo que cuento cuestionando al poder, por ejemplo. Todo eso está presente a diario en mi profesión y en mi forma de vida. Lo vivo así, incluso sin diferencia de plataforma. Si estoy haciendo radio, lo vivo del mismo modo que si estoy haciendo un documental, que es un trabajo de largo aliento. Pienso que va a ser algo impactante que va a ayudar a cambiar las cosas. Y si es una nota periodística en el diario del domingo, también me entusiasmo del mismo modo.

Hiciste gráfica, documentales y ahora buena parte de tu día pasa dentro de la radio en dos programas bastante diferentes: uno más dinámico, con Jorge Lanata, y otro más relajado a la noche.

—Sí. Me gusta más la noche, por supuesto. En el programa de Jorge soy parte del equipo, participo del programa del máximo periodista argentino de la historia, y hay días en los que tengo más protagonismo y días que menos. Yo creo que debe haber tres grandes periodistas —que se me ocurran ahora— que son: Lanata, Timerman y Rodolfo Walsh. Estar con Lanata es un privilegio porque aprendo y me sirve mucho; pero también tengo que reconocer que el ritmo de la mañana no es el ritmo con el que mejor me llevo. Me llevo mucho mejor con el ritmo de la noche, que tiene la posibilidad de la no urgencia.

Sí, paso buena parte de mi vida en un estudio de radio, mañana y noche, y me peleo con esa idea todo el tiempo. Aunque ahora, en la pospandemia, la radio se puede hacer desde distintos lugares y puedo volver a viajar. Soy muy fanático de viajar, como cualquiera, pero también de viajar para construir textos y trabajos periodísticos; y a veces siento que la rutina de Buenos Aires me tiene sentado en una silla. También trabajo en Clarín, donde tengo la suerte de poder escribir de lo que quiero y cuando quiero. No soy un editor del día a día, del breaking news, sino que soy algo así como una especie de redactor especial o un corresponsal.

Hace unos meses hablábamos con Miguel Wiñazki, en Madrid, y me contaba que el estar en la actualidad pesada de la Argentina, de ser una voz crítica al poder, les ha traído bastantes disgustos. ¿Vos cómo te llevás con eso?

—Por el tipo de periodismo que yo hago, no he tenido esos problemas ni se han metido conmigo especialmente. Yo soy un tipo medio inclasificable, un tipo raro de periodismo. No soy un periodista de política estrictamente, pero hago actualidad. Al mismo tiempo tengo algo de los cronistas de territorio y soy conductor. Es raro, hay una convergencia de cosas. Al final siento que no soy nada y a la vez hago de todo. Por eso yo no he tenido situaciones tan específicas como las que ha tenido Nico (Wiñazki), por ejemplo; que, por trabajar tanto de un tema y hacerlo bien, ha tenido grandes quilombos. Ahora estoy muy metido en temas de medio ambiente, que llevan cada vez más espacio en la agenda de actualidad y en la agenda económica, y estoy empezando a tener más tensiones con sectores de la economía; porque lo ecológico se toca con lo productivo y entonces estoy empezando a tener algunos inconvenientes. Pero, en veinticinco años de periodismo, no he tenido grandes problemas.

body of water surrounded by mountains
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